Bueno, qué mejor que para revivir después de mucho tiempo (y dejémoslo sólo como mucho) un cambio de aire. Colores nuevos y todo nuevo, menos la música por que al parecer murió y yo ni idea cuando y cómo. El punto es, que todo revivió (incluyéndome) por lo que este escrito nada que ver con el revivir -todo lo contrario - calza perfecto. El hecho es que el título nunca supe como debía ser... con "un", sin "un", sólo exequias, o sólo... ¿nada? Odio los títulos, algún día seré una niña anónima que coloque títulos anónimos, o como me gusta decir, a la imaginación del lector :)

Exequias de un amor
Recogí aquellas páginas amarillentas que se hallaban dispersas en el suelo. Ninguna parecía encajar conmigo en ese momento. Me había vuelto ajena, o demasiado vívida para comprenderlo. Estaba cansada de representaciones femeninas, con la carne abierta al rojo vivo. Demasiado azufre para infierno tan reducido. Él ya no me miraba, y yo tampoco quería mirarle, pero cuán difícil se me hizo. Al fin, lo hacía de todos modos. Él, seguía sin responder a mi súplica indiscreta ahogada en su indiferencia. Si hubiese sabido que sea, todos aquellos sentimientos desgarradores que le gritaban cuánto necesitaba que me dedicase una mirada. Lamentablemente, cuando recién decidió ceder al grito, ya era demasiado tarde. Destruida por completo, ya no era capaz de sostener su mirada, lo que intensificaba el dolor. Su mirada cortaba profundo y él ni idea del poder de aquella. En ese momento, hubiese querido detenerme y dejarlo seguir su curso, pero no podía, mi cuerpo sólo seguía el impulso, a su instinto puro y más primitivo. Ahora, él y su mirada me manejan, él, su mirada y su voz. Él y nadie más que él. Me maneja como a un pequeño títere, me hace bailar ante sus ojos, y se deleita con cada halo de insignificancia en mí ser. No puedo recordar el momento en que comencé a perder voluntad, como llegué a ser tan débil. Aún tengo en mi memoria, cuando me prometí, nunca lo sería. Pero me fallé, como le he fallado a mucha gente, y ahora, simplemente, pago el precio de aquello. Estoy atada a él, encadenada, y condenada a eso hasta mi fin. Lo peor es que sé que gran parte de mi, lo ama más a él que a mi misma, que gran parte de mi, desea estar sometida a aquella tortura. No sé en que terminará esto, pero ya estoy, aquí destruida, e incapaz de sostener su tan codiciada mirada. Cala hondo, se impregna y arrastra en cada pequeño rincón entumecido por el frío invierno. Vuelvo mi mirada a las páginas amarillas humedecidas por mis manos. Páginas de una vida, que basura más infinita, palabras que no gozan más que de su existencia, se arriman, para quedar sosiegas ante los ojos de algún lector que las encuentre. Tinta perdida, vuelta insignificante en busca de un fin tan pedante como aquel, perpetuar su vida. El sujeto se perdió en su propio fin ¿quién es aquel que escrito en letras trémulas, murió con la esperanza de vivir en aquel papel? ¿Habré desaparecido para mi misma, yo, como aquel sujeto? ¡Que alguien me despierte! Me estoy destruyendo y haciendo pedazos cada vez de manera más irremediable. Nunca había llegado a este punto tan imposible de sobrellevar. Me supera. Y volví a quedar estancada. Imposibilitada de todo lo realmente necesario. No, ya no puedo darme el lujo, ya no puedo. Cogí aquellos papeles amarillentos, y los envié directo al fuego calcinante de aquella chimenea, para luego verlos perderse en el humo ennegrecido. Él apareció como una sombra en la puerta. Ya no había sentido en mirarle otra vez. Sabía más que con certeza, que por más que intentase decirle cuánto mal me sentía, él seguiría inconciente e indiferente, sólo vería en mi algo ajeno, efímero, tan mortífero como él mismo. Caminó con lentitud, con aquel sereno e impecable andar, dejando como eco el susurro de sus propios pasos. Me miró directo a los ojos, y se llevó consigo todo rastro de vida que quedaba a mi merced. Cogió mi mano con suavidad, y susurró un lo siento, que hubiese deseado yo, fuese en serio. Desaparecí dentro de mi misma. Mi cuerpo cedió ante la gravedad, pero aún vagamente, podía ver la imagen del mismo desde aquel exterior tan subjetivo. Ambos presenciamos un segundo, mi cuerpo en el asfalto a un lado de la chimenea. Me rodeó con sus brazos, y me besó una mejilla. Dejé a un lado la carne aún viva, para que se la comieran los gusanos, para que se desintegrara con los años, y para que alguien compasivo, llorase por los últimos pedazos de pasado avenido. Él me observaba, y me esperaba en la penumbra. Su amor ya no dolía, su amor más allá de él mismo, más allá de La muerte.



Me encantó lo que escribiste aqui eres una de las personas que uno quisiera que se cruzara en la vida para conocerte a fondo.